Gris
Se encontraron en la estación del Metro de Altamira. Él le había dicho que llevaría una gorra azul y una camisa del equipo de béisbol Cardenales de Lara para que ella lo reconociera bien. La medida era innecesaria: ella había aprendido de memoria su rostro. Todas las tardes al llegar a su casa se metía en FB para ver sus fotos. Le encantaba una donde salía con su mamá mejilla con mejilla sonrientes y con una playa de fondo. Se veía feliz y ella se sentía feliz sólo de ver la imagen. Román no se parecía tanto a su mamá, Juliana pensó que quizá se parecía más a su papá, pero él no le había contado muchas cosas sobre su papá. Pensó que quizá hoy sería un buen día para preguntarle, o quizá no. Todo dependería de cómo fluyeran las cosas.
Él llegó antes que ella. La estaba esperando con un ramo de margaritas en la mano, sentado junto a la fuente de la estación. Cuando la vio venir la reconoció de inmediato. Es que él también se metía en el FB por las noches antes de apagar la PC sólo para contemplarla a ella. Se puso de pie y avanzó unos pasos pero se detuvo para verla aproximarse. Su cabello negro rizado se movía rítmicamente con cada paso que Juliana daba hacia él. Vestía una falda hindú hasta el piso, apenas se le veían las puntas de los pies calzados en un par de sandalias marrones. Una camisa blanca de algodón. “Esta si es hippie de verdad” pensó con simpatía y esbozó una sonrisa.
-Hola Román –dijo ella extendiendo la mano derecha que afortunadamente él no tomó porque le sudaba de manera incontrolable.
-Perdón ¿quién eres tú? –dijo muerto de risa y la abrazó con la fraternidad de unos verdaderos ex compañeros de escuela.
Juliana lo abrazó de vuelta y sintió que la vida podía terminarse en ese instante, que nada más importaba: la universidad, la pasantía, su papá, Carmen, todo desapareció. Todo perdió importancia por los diez segundos que duró el abrazo.
-Toma, son para ti. Como me dijiste que las margaritas eran tus favoritas, pues aquí las tienes –y le extendió el manojo bellamente acomodado.
-Gracias… soy muy torpe cuando estoy nerviosa, je je je, discúlpame si digo alguna tontería.
Comenzaron a caminar hacia La Estancia. Eran las 3 de la tarde y el tráfico era fuerte. Cornetas, gente cruzando la avenida, autobuses, calor, pero ellos se perdieron de eso, no lo vieron, no lo escucharon, no lo sintieron. Pero sí vieron que una densa nubosidad cubrió la montaña hasta el punto de hacerla desaparecer.
-¿Qué pasó con El Ávila chica? El clima de esta ciudad si es loco de verdad. Un día viene uno para acá y está despejado el cielo, con una pepa de sol que quema. Al mes siguiente vienes y no para de llover en todo el santo día. Al otro mes vienes y está lloviendo en la montaña y aquí abajo el calorón y hoy ni siquiera se ve el cerro. El que viene por primera vez para acá no creería que justo ahí –dijo Román apuntando con el dedo hacia donde debería verse el pico Naiquatá- está una montaña altísima que parece una mujer recostada boca arriba.
Ella sólo escuchaba su voz y recordaba el primer día que lo vio, recordaba cómo se empeñó en saber de él, en contactarlo y ahora lo tenía frente así. Su pelo rizado negro, su piel blanca, su linda voz. Era un sueño, pero no era un sueño.
Recorrieron la exposición y se sentaron a conversar en el jardín de La Estancia. Hablaron de la universidad, hablaron de sus amigos, de sus ex parejas, hablaron de su infancia, de sus padres.
-¿Qué pasó con tu papá Román?
-No lo sé con exactitud. Mi mamá no habla de él casi nunca. Mi abuela decía que él era un cobarde y que se fue. Mi tía dice que no lo conoció, pero yo sé que sí. Sé su nombre y sé que cuando se fue se llevó algo que para mi mamá tenía mucho valor. Por eso no le pregunto mucho, o mejor dicho, no le pregunto nada porque ella llora. Yo sé que no llora con rabia ni llora porque él se haya ido, llora por lo que él se llevó pero no sé que es. ¿Y tu mamá?
-Ella murió en un accidente con mi hermano.
-Lo lamento mucho. ¿Era menor que tú?
-Yo pensaba que él era un hijo de mi mamá de un matrimonio anterior pero el otro día encontré un papel que me hizo pensar otra cosa… quizás éramos hermanos gemelos. Yo no lo recuerdo porque era una bebecita cuando pasó el accidente. Mi papá tampoco se ha sentado a echarme el cuento completo. Para él es doloroso y no me gusta verlo triste.
En ese momento comenzó a llover con sol. “El diablo y la diabla están peleando” habría dicho La Turca sin dudarlo.
-Va pues, este clima loco, ja ja ja –dijo Román mientras le tomaba la mano a Juliana para correr hasta la casa ubicada en un lado del jardín y protegerse de la lluvia. Ella bajó la mirada y vio un lunar en el dedo índice de la mano izquierda de Román y se detuvo en seco: “Mira, le dijo y alzó su mano izquierda hasta la altura de su cara”. Era el mismo lunar en la misma mano.
Aunque ellos no lo notaron, en realidad eran los mismos ojos negros, el mismo color de piel blanca, el mismo cabello rizado. Aunque ellos no lo sabían, era la misma madre, el mismo padre, el mismo pasado.
Aunque ellos no lo notaron, en realidad eran los mismos ojos negros, el mismo color de piel blanca, el mismo cabello rizado. Aunque ellos no lo sabían, era la misma madre, el mismo padre, el mismo pasado.
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