La estación del Metro de Chacaito estaba llena a reventar. En ambos andenes la gente de la primera fila hacía equilibrio para mantenerse detrás de la raya amarilla que la separaba de los rieles. Juliana pensó que habría retraso, una mala noticia para cualquier usuario del subterráneo que tuviera la necesidad de llegar a alguna parte en un tiempo determinado. En efecto chequeando en Twitter leyó:
@caracasmetro: servicio con lentitud en la línea 1 desde las 7:00am. Parece que un tren con fallas en Dos Caminos causó retraso
Se fue colando hasta ponerse entre los primeros de la fila de espera porque necesitaba irse cuanto antes. Un tren vacío llegó del otro lado, cargó a todos los pasajeros que se agolpaban a lo largo del andén en sus tres metros de ancho y partió en tiempo mínimo. El tumulto sólo había dejado una gorra tirada en el suelo. Poco a poco se fue llenando otra vez: un viejito con un bastón, una mujer con unos morochitos –uno en cada mano- como de cinco años de edad, algunos estudiantes de bachillerato.
Quiso hacerle señas a la mujer para que tomara la gorra del suelo, pero la vio tan ocupada tratando de controlar a los dos muchachitos que desistió. Los niños por su parte parecían coordinar sus movimientos para mantener en tensión a la pobre mujer: uno se agachaba y el otro saltaba, uno hablaba y el otro se reía, uno la tiraba del brazo hacia la izquierda y el otro hacia la derecha. Nada más verlos era agotador.
En esas estaba cuando un muchacho pasó por detrás a la mujer y siguió caminando en dirección a la gorra. Era delgado, pero no flaco, blanco, su cabello era rizado negro y lo tenía un poco largo. “David Bisbal pero criollo”, pensó Juliana al verlo. Llevaba audífonos puestos, un jean y una camisa de mangas largas a cuadros arremangada hasta el antebrazo.
Le pasó por un lado a la gorra y dio tres pasos más pero se detuvo en seco y se devolvió. Miro hacia los lados, miró a Juliana que estaba casi frente a él del otro lado de las vías del tren, recogió la gorra, la sacudió, se la puso y le devolvió la mirada con un gesto cómplice que incluía sonrisa y guiño.
Ella sintió que algo la golpeó desde adentro. Como si el corazón que no latía desde hacía unos cuantos segundos de pronto se acordó de latir de nuevo: “¡pum!”.
Un tren entró en la estación del lado donde aguardaba Juliana, pero ella no subió al vagón. Sin darse cuenta cómo, logró salir ilesa del brutal forcejeo entre la gente que hace rato olvidó aquel lema de “dejar salir es entrar más rápido”. Todos quieren entrar y salir a la vez. El tren se fue y ella ahí parada en el andén se encontró pensando de nuevo en las líneas del café, en las palabras de La Turca , en la nube en forma de 2.
El chico también seguía al otro lado del andén cuando el tren se fue. Se había recostado de la pared y parecía distraído leyendo un panfleto de esos que entregan en las entradas de las estaciones.
Juliana se dio media vuelta, dio unos pasos, caminó más rápido, subió las escaleras casi corriendo, cruzó la estación y bajó por el otro lado justo a tiempo para montarse en el tren que acababa de llegar y donde él también se subió, aunque en otro vagón.
Recorrió el vagón apresurada en dirección contraria al desplazamiento del tren, abriéndose paso entre las personas apiñadas. Llegó al extremo, se bajó en la siguiente estación e intentó ubicarlo entre la gente que desembarcaba. Cuando sonó la señal, de nuevo sin pensarlo, se subió al otro vagón.
Dentro estaba fresco, una novedad en el subterráneo caraqueño, pero ella no lo notó, afanada como estaba buscando la gorra azul. Un hombre leía el periódico mientras una mujer que estaba a su lado se empeñaba en leer la contraportada. Una gorda con una bolsa gigante impedía transitar por el pasillo. Un bebé lloraba. Otra mujer logró que alguien le diera el puesto al verla batallando con una niña y un niño, “ah, los morochitos del andén” pensó. Por fin lo vio.
Estaba recostado de una de las puertas. Cuando el conductor anunció la siguiente parada, se giró hacia la izquierda dándole la espalda a Juliana que ahora estaba a escasos centímetros. En la parte de atrás de la gorra había un número 2 en letras blancas.
Él se bajó en la estación Capitolio. Aunque no parecía tener prisa, sus pasos eran largos quizá por su estatura. Juliana lo siguió guardando cierta distancia, suficiente para no perderlo de vista entre la muchedumbre.
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