Juliana no llevaba la cuenta pero Carmen sí y se había ocupado de ponerle una alarma en el celular: “ABRE LOS OJOS. BUSCA TU SEÑAL. HOY ES EL DÍA”.
Al leerlo le dio risa, pero de súbito la invadió esa misma sensación a la que se había acostumbrado de tanto lidiar con ella. Era una sensación de vacío que la asaltaba desde niña, sólo que en aquel entonces no lo sabía explicar y la única forma que encontraba de expresarlo era a través del llanto. Todo comenzó desde la primera noche que durmió sin su hermano, cuando tenía apenas un año. Se despertaba sobresaltada y la única forma de volverse a dormir era en los brazos de su papá. Él le daba té de miel antes de que se acostara, le ponía música suave, le permitía tener una lamparita siempre encendida. Sabía en su corazón que no era el típico miedo infantil a la oscuridad y era paciente con ella.
Cuando entró en la adolescencia ella misma bautizó ese estado de ansiedad con el nombre de “incompletud” y había aprendido a drenar o a llenar ese espacio incompleto de su corazón con la música. Tocaba la guitarra, entró al coro del colegio y era voluntaria en un preescolar donde enseñaban música a los niños pequeños. Le encantaba Ricardo Montaner y Franco de Vita. Carmen, su vecina y amiga desde que se llegó con su papá a Caracas, la molestaba: “¡Chama, tú si eres cursi de verdad! Escucha a ´gons-an-rouses´ eso si es verdadera música” le reclamaba con la convicción de un predicador.
Como cada mañana Juliana se asomó por la ventana para respirar el aire que descendía de El Ávila verde, siempre verde. Ese día el cerro se sentía más imponente que de costumbre. Aunque ya tenía 22 años, preservaba algunas costumbres de su adolescencia e infancia. Le gustaba por ejemplo descifrar las nubes. Era un juego que solía disfrutar con su papá y que consistía en identificar las figuras que formaban las nubes en el cielo e inventarse historias fantásticas.
Se quedó mirando con paciencia como la brisa y la luz del sol moldeaban lentamente una nube muy gorda y esponjada hasta que la convirtieron en un número 2. Le pareció casi extraordinario porque casi nunca se formaban números. Se dio vuelta para sacar el celular del bolso y tomarle una foto para mostrársela luego a su papá, pero mientras lo encontraba y lo encendía, la misma brisa y el mismo sol habían comenzado ya a deshacerlo.
Juliana se resignó y comenzó a buscar la ropa que usaría. Tenía en mente ponerse un pulóver de rombos viejísimo que le había visto a su papá hacía un par de días en unas fotos viejas. Él tenía el hábito de darle a ciertos objetos un valor particular asociado a una época. Podía ser un par de anteojos de cuando comenzó la universidad, los zapatos que llevaba el día de su casamiento, el corbatín que su papá le regaló para que hiciera la primera comunión. Cosas insólitas e inútiles. Juliana no entendía el para qué de esa actitud. Ella por el contrario regalaba todo lo que había cumplido su misión y ya no le era útil. Muchas de esas cosas iban a parar al orfanato que quedaba cerca de su casa: juguetes en perfecto estado, libros escolares que lucían como nuevos, ropa usada pero reutilizable.
Le preguntó a su papá si aún guardaba el pulóver que llevaba en la foto y este le dijo que sí. “¿Y qué fecha memorable preserva ese pulóver papá?” preguntó. Él cogió un poco de aire, como quien busca una excusa para no responder de inmediato con la primera verdad que viene a la cabeza, miró la foto con nostalgia y abrazó a su hija. “Lo tenía puesto el día de tu bautizo”. Se puso de pie y se fue a la cocina en silencio.
Ella entendió que no debía seguir preguntando y no lo hizo. Conocía tanto a su padre que sabía que éste había recordado otro momento distinto al bautizo: el día del accidente donde habían muerto su mamá y su hermano mayor. Sabía que apenas su papá supo del hecho abandonó Cabudare en el estado Lara con rumbo a otra parte, lejos del dolor. Sabía que el shock para su papá fue tan grande que no fue a reconocer los cadáveres, ni asistió al entierro. Sabía que su papá no sólo no volvió a hablar con la madre y la hermana de su esposa muerta, sino que se hizo inubicable para aquella familia. Quiso borrar ese pasado y empezar desde cero con su hija en una ciudad diferente. Y lo hizo.
Luego de remover el contenido de un par de cajas en el cuarto de servicio lo encontró. Al sacarlo un sobrecito amarillento cayó al piso. Dentro había una especie de mensaje con el sello de los servicios postales, con un formato que no había visto antes pero que de inmediato asoció con esa forma de enviarse mensajes urgentes que usaban los abuelos y quizá algunos papás cuando jóvenes, un telegrama. Le causó gracia. En el encabezado los nombres de sus padres, uno remitente, el otro destinatario, la ciudad de envío, la fecha, la hora, el mensaje: “No aguanté hasta tu regreso. No es uno, son dos. Te amo”.
En la ventana la brisa convirtió aquel cúmulo de aire y vapor de agua condensado en una línea sinuosa, horizontal que se fue estirando y estirando hasta desvanecerse. Mezcla de desgracias y grandes dichas, habría dicho sin duda La Turca si una forma como esa hubiera aparecido en la borra del café.
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