Román salió por la esquina de Pedrera, entró al centro comercial Metrocenter, subió dos niveles y se metió a una librería. Juliana esperó un par de minutos afuera y también entró a la tienda, se coló por los pasillos pero se mantuvo a distancia. Luego de hojear varios libros en el área de computación, el chico tomó tres y fue hacia la caja registradora donde aguardaba una vendedora con pocas habilidades para socializar.
-¿Nombre?
-Román Montes.
-¿Cédula?
-18.000.002.
-¿Zona donde vive?
-Bueno vivo en Barquisimeto, pero ¿necesita una dirección de aquí de de Caracas?
-Barquisimeto esta bien.
-¿Teléfono?
-0423 556 1765… ¿no quiere mi PIN también? -dijo Román en un vano intento de sacarle aunque fuera una medio sonrisa a la mujer.
-Son 130 bolívares…Gracias, tome su factura.
Si Juliana se hubiera puesto de acuerdo con la antipática cajera, las cosas no le habrían salido mejor. Había tomado nota de todo. Estaba a escasos metros de la caja, cerca del estante de libros de astrofísica.
Cuando Román terminó de pagar y se volteó, Juliana agarró el primero de los libros que tuvo a mano y lo abrió nerviosamente en cualquier página y fingió leer. Él enfiló hacia la puerta y al pasar junto a ella se paró, sujetó el libro y se lo quitó de las manos con suavidad:
-La astrofísica nuclear es materia complicada, pero debe serlo aún más si se lee al revés –le dijo en un tono divertido, giró el libro en la posición correcta, lo deslizó entre las manos que ella había dejado en la misma posición como si aún lo sostuviera y salió.
Ella se quedó paralizada unos segundos, con el corazón en la boca. Le sudaban las manos. Volvió a poner el libro en su lugar. Dio una vuelta por la tienda como para disimular, y unos cinco minutos después salió a buscar un cybercafé.
La mañana, que había amanecido despejada, comenzó a nublarse desde el Este hacia el Centro y una nube púrpura amenazaba con empapar a La Silla de Caracas, una de las zonas más altas de la montaña que decora la capital venezolana.
Juliana había anotado en su teléfono inteligente toda la información que Román le dio a la cajera al momento de pagar. Ahora sentada frente a la computadora del cybercafé tuvo la certeza de que su búsqueda había terminado. “Tiene que ser él”, se dijo mentalmente.
Comenzó a googlear el nombre, la cédula de identidad y el número de teléfono. Cruzó los datos con información de institutos y universidades en Barquisimeto. Lo encontró en Facebook, lo buscó inútilmente en Twitter y en Badoo. Ingresó su número de cédula en la página del Consejo Nacional Electoral para saber dónde votaba. En el sitio oficial del Tribunal Supremo de Justicia y de los tribunales de Lara no encontró nada. Cada referencia que encontraba le pintaba una sonrisa de victoria.
En tres horas sabía dónde y qué estudiaba Román, dónde votaba lo cual le daba una idea muy aproximada de dónde vivía, cuando era su cumpleaños. No sabía qué hacía en Caracas ni dónde se estaba quedando, pero era cuestión de días y aplomo.
Lo primero que hizo fue agregarlo en el Facebook: “Hola Román soy Juliana. Quizá no me recuerdes pero fuimos juntos al Liceo Gual y España en Barquisimeto. Estábamos en secciones diferentes. Yo me acuerdo de tí porque tenemos el mismo apellido jejeje. Acepta mi solicitud para mandarte unas fotos de esa época”. El dato del liceo era demasiado convincente; ella estaba contenta de su arrojo.
La temporada de lluvias, que en otro momento volvía melancólica a Juliana, estaba por comenzar esa misma tarde y ella ni siquiera lo había notado. Fueron días extraños para quienes la conocían bien. Su padre y Carmen, cada uno por su lado se preguntaban qué pasaba: mientras llovía afuera, el sol brillaba dentro de Juliana. Pasaba los días feliz, tarareando canciones como en otro mundo. La incompletud había desaparecido.
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