martes, 12 de octubre de 2010

El Arcoiris de Juliana


Muchas veces nos sentamos a pensar dónde está nuestra media naranja, nos cuestionamos si estamos buscando en el cesto equivocado o si la tuvimos en nuestras manos y la perdimos.
Juliana, la protagonista de esta historia, está en la búsqueda de ese ser que acabe con su "incompletud". Su amiga Carmen y La Turca la enseñarán a comprender las señales del universo hasta encontrarse frente a su destino. 
El Arcoiris de Juliana es un cuento largo o novela corta, escrita gracias al estímulo y soporte de Joaquín Pereira y su Taller de Escritura Creativa, que se propone incorporar a los cyberlectores de un modo inesperado en su desenlace.


¡Te invito a leerla, y si te atreves, a escribir a cuatro manos el desenlace!

Maru Morales
Octubre, 2010

Capítulo 1

Café

-¿Ves este espiral con final apuntando hacia la derecha? –se esmeraba en explicar la vidente ante la mirada incrédula de su la visitante- Te obsesiona alguien ausente…
-Ajá -murmuró Juliana con un escepticismo intencional, que sin embargo no quebrantó la serenidad ni la concentración de la vidente.
-Esto de acá es un túnel –murmuró- Se acerca un encuentro inesperado, aunque…

La Turca, como le decía Carmen, se enderezó en la silla y volvió a mirar dentro de la taza entrecerrando los párpados bordeados por unas pestañas inmensas y negras. Los grumos escurridos, amontonados, desparramados de café hacían figuras de todas clases. Tras una pausa levantó la vista y fijó sus ojos en la esquiva mirada de Juliana.

-¿A quién estás buscando niña? –dijo arqueando la ceja izquierda.
-No lo sé, dígamelo usted -soltó ella con un tono casi de burla, lo que terminó por desatar el disgusto de Carmen, su amiga, confidente y autora intelectual de la visita a La Turca. Hasta ese momento Carmen se había mantenido en silencio, reprimiendo su incomodidad por la actitud de Juliana pero esto fue el colmo:
-¡No seas incrédula y sobre todo, no seas grosera! Vámonos. Discúlpala Samira, discúlpame a mí por traerla… Qué vergüenza -masticó entre dientes mientras se ponía de pie.
-Encontrarás lo que necesitas, más no lo que buscas –agregó la mujer de aire místico levantándose de la silla- A veces uno son dos. Está escrito que aquello que Dios une por su voluntad, aún antes de ver la luz, el hombre no puede separarlo sino con la muerte- La Turca hizo otra pausa mientras Carmen tomaba del brazo a Juliana y la levantaba de la silla.

A estas alturas Juliana estaba a punto de soltar la carcajada y no atendía a las palabras de Samira, quien por cierto no era turca sino nacida en Líbano, pero para Carmen no había ninguna diferencia: “Toda esa gente –decía- tiene un aire místico, un no se qué en la mirada, como si vieran más allá de la vida y la muerte”. Por eso la bautizó La Turca, y desde que le predijo que se casaría con un hombre rico antes de los 28 años, Carmen le tomó fe. Por eso, cansada de ver a Juliana buscando “a su otra mitad”, como decía ella, le insistió y le insistió hasta que por fin aceptó venir a verla. Ahora se sentía completamente arrepentida por la actitud de su amiga.

-Tienes que estar atenta a las señales niña –dijo la adivina ya desde la puerta de la casa en Colinas de Los Ruices-. Dentro de siete semanas abre tus sentidos. Alguien que te quiere te ayuda. Mira a los ojos, observa con atención.

Mientras caminaban hasta la parada del autobús, Carmen no le habló a Juliana, que por el contrario iba repitiendo con sarcasmo algunas de las predicciones de Samira. Detrás de ellas se iba alejando el cerro El Ávila cuya cima quedó parcialmente cubierta por una nube alargada y blanca desde la urbanización El Marqués hasta donde alcanzaba la vista.

Capítulo 2

Blanco

Yo sé que estás en alguna parte, buscándome también. Lo siento. A veces te busco en las miradas perdidas en la estación del Metro, en el tumulto del centro comercial, a veces espero encontrarte en alguna clase de la universidad o un viernes por la tarde recostado de uno de los apamates en Tierra de Nadie, ese jardín-limbo cerca del rectorado. Quizá cuando deje de buscarte, tú me encontrarás a mí.

¿Y si no te encuentro nunca, y si mi destino es estar sola, y si nunca tendré hijos? ¡Por Dios Juliana deja las idioteces mija! ¿No tienes nada mejor que hacer? Apúrate que vas a llegar tarde a la entrevista para la pasantía.

¿Será que Carmen tiene razón, que lo que me falta es un poco de guía cósmica?... ¡Ah vaina mijta, bien bueno pues! ¿Le vas a parar a Carmen y a sus vainas de tarot, del café y guevonadas de esas? ¿Pa´ que vas a la universidad entonces y pa´ que tanta leedera de libros?

Pero la verdad es que me dio curiosidad, no porque crea que la mujer me dijo algo que tuviera sentido, es decir, ese guioncito de que “estas buscando a alguien” con aquel tono de misterio… ay sí, seguro que soy la primera que va a ver a la turca esa y que está pensando en encontrar a alguien. Eso no tiene ningún mérito.

¿Qué diría mi papá si se entera? Ese ni siquiera sabe que las revistas traen un horóscopo porque “el destino se lo hace uno mismo todos los días”.

Se me está acabando mi champú, de verdad que ojalá en ese periódico paguen la pasantía para comprarme mis cosas, aunque sea mi jabón y mis vainitas y no tener que pedir para todo a papá, ya me da pena la vaina.

Quisiera quedarme bajo la ducha una hora sin pensar más, o mejor dicho, pensando en cómo serás, en dónde estarás… Si alguien me preguntara cómo te imagino yo diría cabello oscuro como el mío, los ojos negros, sonrisa sincera, deportista y más alto que yo ¡eso sí! Nada de bajito rechoncho que va.

-¡Juliana Montes, sal del baño mi amor que van a cortar el agua y yo no me he bañado hija!

Capítulo 3

Verde



Juliana no llevaba la cuenta pero Carmen sí y se había ocupado de ponerle una alarma en el celular: “ABRE LOS OJOS. BUSCA TU SEÑAL. HOY ES EL DÍA”.

Al leerlo le dio risa, pero de súbito la invadió esa misma sensación a la que se había acostumbrado de tanto lidiar con ella. Era una sensación de vacío que la asaltaba desde niña, sólo que en aquel entonces no lo sabía explicar y la única forma que encontraba de expresarlo era a través del llanto. Todo comenzó desde la primera noche que durmió sin su hermano, cuando tenía apenas un año. Se despertaba sobresaltada y la única forma de volverse a dormir era en los brazos de su papá. Él le daba té de miel antes de que se acostara, le ponía música suave, le permitía tener una lamparita siempre encendida. Sabía en su corazón que no era el típico miedo infantil a la oscuridad y era paciente con ella.

Cuando entró en la adolescencia ella misma bautizó ese estado de ansiedad con el nombre de “incompletud” y había aprendido a drenar o a llenar ese espacio incompleto de su corazón con la música. Tocaba la guitarra, entró al coro del colegio y era voluntaria en un preescolar donde enseñaban música a los niños pequeños. Le encantaba Ricardo Montaner y Franco de Vita. Carmen, su vecina y amiga desde que se llegó con su papá a Caracas, la molestaba: “¡Chama, tú si eres cursi de verdad! Escucha a ´gons-an-rouses´ eso si es verdadera música” le reclamaba con la convicción de un predicador.

Como cada mañana Juliana se asomó por la ventana para respirar el aire que descendía de El Ávila verde, siempre verde. Ese día el cerro se sentía más imponente que de costumbre. Aunque ya tenía 22 años, preservaba algunas costumbres de su adolescencia e infancia. Le gustaba por ejemplo descifrar las nubes. Era un juego que solía disfrutar con su papá y que consistía en identificar las figuras que formaban las nubes en el cielo e inventarse historias fantásticas.

Se quedó mirando con paciencia como la brisa y la luz del sol moldeaban lentamente una nube muy gorda y esponjada hasta que la convirtieron en un número 2. Le pareció casi extraordinario porque casi nunca se formaban números. Se dio vuelta para sacar el celular del bolso y tomarle una foto para mostrársela luego a su papá, pero mientras lo encontraba y lo encendía, la misma brisa y el mismo sol habían comenzado ya a deshacerlo.

Juliana se resignó y comenzó a buscar la ropa que usaría. Tenía en mente ponerse un pulóver de rombos viejísimo que le había visto a su papá hacía un par de días en unas fotos viejas. Él  tenía el hábito de darle a ciertos objetos un valor particular asociado a una época. Podía ser un par de anteojos de cuando comenzó la universidad, los zapatos que llevaba el día de su casamiento, el corbatín que su papá le regaló para que hiciera la primera comunión. Cosas insólitas e inútiles. Juliana no entendía el para qué de esa actitud. Ella por el contrario regalaba todo lo que había cumplido su misión y ya no le era útil. Muchas de esas cosas iban a parar al orfanato que quedaba cerca de su casa: juguetes en perfecto estado, libros escolares que lucían como nuevos, ropa usada pero reutilizable.

Le preguntó a su papá si aún guardaba el pulóver que llevaba en la foto y este le dijo que sí. “¿Y qué fecha memorable preserva ese pulóver papá?” preguntó. Él cogió un poco de aire, como quien busca una excusa para no responder de inmediato con la primera verdad que viene a la cabeza, miró la foto con nostalgia y abrazó a su hija. “Lo tenía puesto el día de tu bautizo”. Se puso de pie y se fue a la cocina en silencio.

Ella entendió que no debía seguir preguntando y no lo hizo. Conocía tanto a su padre que sabía que éste había recordado otro momento distinto al bautizo: el día del accidente donde habían muerto su mamá y su hermano mayor. Sabía que apenas su papá supo del hecho abandonó Cabudare en el estado Lara con rumbo a otra parte, lejos del dolor. Sabía que el shock para su papá fue tan grande que no fue a reconocer los cadáveres, ni asistió al entierro. Sabía que su papá no sólo no volvió a hablar con la madre y la hermana de su esposa muerta, sino que se hizo inubicable para aquella familia. Quiso borrar ese pasado y empezar desde cero con su hija en una ciudad diferente. Y lo hizo.

Luego de remover el contenido de un par de cajas en el cuarto de servicio lo encontró. Al sacarlo un sobrecito amarillento cayó al piso. Dentro había una especie de mensaje con el sello de los servicios postales, con un formato que no había visto antes pero que de inmediato asoció con esa forma de enviarse mensajes urgentes que usaban los abuelos y quizá algunos papás cuando jóvenes, un telegrama. Le causó gracia. En el encabezado los nombres de sus padres, uno remitente, el otro destinatario, la ciudad de envío, la fecha, la hora, el mensaje: “No aguanté hasta tu regreso. No es uno, son dos. Te amo”.

En la ventana la brisa convirtió aquel cúmulo de aire y vapor de agua condensado en una línea sinuosa, horizontal que se fue estirando y estirando hasta desvanecerse. Mezcla de desgracias y grandes dichas, habría dicho sin duda La Turca si una forma como esa hubiera aparecido en la borra del café.

Capítulo 4

Amarillo



La estación del Metro de Chacaito estaba llena a reventar. En ambos andenes la gente de la primera fila hacía equilibrio para mantenerse detrás de la raya amarilla que la separaba de los rieles. Juliana pensó que habría retraso, una mala noticia para cualquier usuario del subterráneo que tuviera la necesidad de llegar a alguna parte en un tiempo determinado. En efecto chequeando en Twitter leyó:

@caracasmetro: servicio con lentitud en la línea 1 desde las 7:00am. Parece que un tren con fallas en Dos Caminos causó retraso

Se fue colando hasta ponerse entre los primeros de la fila de espera porque necesitaba irse cuanto antes. Un tren vacío llegó del otro lado, cargó a todos los pasajeros que se agolpaban a lo largo del andén en sus tres metros de ancho y partió en tiempo mínimo. El tumulto sólo había dejado una gorra tirada en el suelo. Poco a poco se fue llenando otra vez: un viejito con un bastón, una mujer con unos morochitos –uno en cada mano- como de cinco años de edad, algunos estudiantes de bachillerato.

Quiso hacerle señas a la mujer para que tomara la gorra del suelo, pero la vio tan ocupada tratando de controlar a los dos muchachitos que desistió. Los niños por su parte parecían coordinar sus movimientos para mantener en tensión a la pobre mujer: uno se agachaba y el otro saltaba, uno hablaba y el otro se reía, uno la tiraba del brazo hacia la izquierda y el otro hacia la derecha. Nada más verlos era agotador.

En esas estaba cuando un muchacho pasó por detrás a la mujer y siguió caminando en dirección a la gorra. Era delgado, pero no flaco, blanco, su cabello era rizado negro y lo tenía un poco largo. “David Bisbal pero criollo”, pensó Juliana al verlo. Llevaba audífonos puestos, un jean y una camisa de mangas largas a cuadros arremangada hasta el antebrazo.

Le pasó por un lado a la gorra y dio tres pasos más pero se detuvo en seco y se devolvió. Miro hacia los lados, miró a Juliana que estaba casi frente a él del otro lado de las vías del tren, recogió la gorra, la sacudió, se la puso y le devolvió la mirada con un gesto cómplice que incluía sonrisa y guiño.

Ella sintió que algo la golpeó desde adentro. Como si el corazón que no latía desde hacía unos cuantos segundos de pronto se acordó de latir de nuevo: “¡pum!”.

Un tren entró en la estación del lado donde aguardaba Juliana, pero ella no subió al vagón. Sin darse cuenta cómo, logró salir ilesa del brutal forcejeo entre la gente que hace rato olvidó aquel lema de “dejar salir es entrar más rápido”. Todos quieren entrar y salir a la vez. El tren se fue y ella ahí parada en el andén se encontró pensando de nuevo en las líneas del café, en las palabras de La Turca, en la nube en forma de 2.

El chico también seguía al otro lado del andén cuando el tren se fue. Se había recostado de la pared y parecía distraído leyendo un panfleto de esos que entregan en las entradas de las estaciones.

Juliana se dio media vuelta, dio unos pasos, caminó más rápido, subió las escaleras casi corriendo, cruzó la estación y bajó por el otro lado justo a tiempo para montarse en el tren que acababa de llegar y donde él también se subió, aunque en otro vagón.

Recorrió el vagón apresurada en dirección contraria al desplazamiento del tren, abriéndose paso entre las personas apiñadas. Llegó al extremo, se bajó en la siguiente estación e intentó ubicarlo entre la gente que desembarcaba. Cuando sonó la señal, de nuevo sin pensarlo, se subió al otro vagón.

Dentro estaba fresco, una novedad en el subterráneo caraqueño, pero ella no lo notó, afanada como estaba buscando la gorra azul. Un hombre leía el periódico mientras una mujer que estaba a su lado se empeñaba en leer la contraportada. Una gorda con una bolsa gigante impedía transitar por el pasillo. Un bebé lloraba. Otra mujer logró que alguien le diera el puesto al verla batallando con una niña y un niño, “ah, los morochitos del andén” pensó. Por fin lo vio.

Estaba recostado de una de las puertas. Cuando el conductor anunció la siguiente parada, se giró hacia la izquierda dándole la espalda a Juliana que ahora estaba a escasos centímetros. En la parte de atrás de la gorra había un número 2 en letras blancas.

Él se bajó en la estación Capitolio. Aunque no parecía tener prisa, sus pasos eran largos quizá por su estatura. Juliana lo siguió guardando cierta distancia, suficiente para no perderlo de vista entre la muchedumbre. 

Capítulo 5

Púrpura



Román salió por la esquina de Pedrera, entró al centro comercial Metrocenter, subió dos niveles y se metió a una librería. Juliana esperó un par de minutos afuera y también entró a la tienda, se coló por los pasillos pero se mantuvo a distancia. Luego de hojear varios libros en el área de computación, el chico tomó tres y fue hacia la caja registradora donde aguardaba una vendedora con pocas habilidades para socializar.

-¿Nombre?
-Román Montes.
-¿Cédula?
-18.000.002.
-¿Zona donde vive?
-Bueno vivo en Barquisimeto, pero ¿necesita una dirección de aquí de de Caracas?
-Barquisimeto esta bien.
-¿Teléfono?
-0423 556 1765… ¿no quiere mi PIN también? -dijo Román en un vano intento de sacarle aunque fuera una medio sonrisa a la mujer.
-Son 130 bolívares…Gracias, tome su factura.

Si Juliana se hubiera puesto de acuerdo con la antipática cajera, las cosas no le habrían salido mejor.
 Había tomado nota de todo. Estaba a escasos metros de la caja, cerca del estante de libros de astrofísica.

Cuando Román terminó de pagar y se volteó, Juliana agarró el primero de los libros que tuvo a mano y lo abrió nerviosamente en cualquier página y fingió leer. Él enfiló hacia la puerta y al pasar junto a ella se paró, sujetó el libro y se lo quitó de las manos con suavidad:

-La astrofísica nuclear es materia complicada, pero debe serlo aún más si se lee al revés –le dijo en un tono divertido, giró el libro en la posición correcta, lo deslizó entre las manos que ella había dejado en la misma posición como si aún lo sostuviera y salió.

Ella se quedó paralizada unos segundos, con el corazón en la boca. Le sudaban las manos. Volvió a poner el libro en su lugar. Dio una vuelta por la tienda como para disimular, y unos cinco minutos después salió a buscar un cybercafé.

La mañana, que había amanecido despejada, comenzó a nublarse desde el Este hacia el Centro y una nube púrpura amenazaba con empapar a La Silla de Caracas, una de las zonas más altas de la montaña que decora la capital venezolana.

Juliana había anotado en su teléfono inteligente toda la información que Román le dio a la cajera al momento de pagar. Ahora sentada frente a la computadora del cybercafé tuvo la certeza de que su búsqueda había terminado. “Tiene que ser él”, se dijo mentalmente.

Comenzó a googlear el nombre, la cédula de identidad y el número de teléfono. Cruzó los datos con información de institutos y universidades en Barquisimeto. Lo encontró en Facebook, lo buscó inútilmente en Twitter y en Badoo. Ingresó su número de cédula en la página del Consejo Nacional Electoral para saber dónde votaba. En el sitio oficial del Tribunal Supremo de Justicia y de los tribunales de Lara no encontró nada. Cada referencia que encontraba le pintaba una sonrisa de victoria.

En tres horas sabía dónde y qué estudiaba Román, dónde votaba lo cual le daba una idea muy aproximada de dónde vivía, cuando era su cumpleaños. No sabía qué hacía en Caracas ni dónde se estaba quedando, pero era cuestión de días y aplomo.

Lo primero que hizo fue agregarlo en el Facebook: “Hola Román soy Juliana. Quizá no me recuerdes pero fuimos juntos al Liceo Gual y España en Barquisimeto. Estábamos en secciones diferentes. Yo me acuerdo de tí porque tenemos el mismo apellido jejeje. Acepta mi solicitud para mandarte unas fotos de esa época”. El dato del liceo era demasiado convincente; ella estaba contenta de su arrojo.

La temporada de lluvias, que en otro momento volvía melancólica a Juliana, estaba por comenzar esa misma tarde y ella ni siquiera lo había notado. Fueron días extraños para quienes la conocían bien. Su padre y Carmen, cada uno por su lado se preguntaban qué pasaba: mientras llovía afuera, el sol brillaba dentro de Juliana. Pasaba los días feliz, tarareando canciones como en otro mundo. La incompletud había desaparecido.

Capítulo 6

Rosa



“Hola Juliana. De verdad que no te recuerdo, discúlpame. Envíame las fotos para recordar viejos tiempos. Román”.

Habían pasado dos semanas desde que le envió el mensaje por Facebook y sin embargo cuando encontró la respuesta no se sobresaltó, al contrario, lo esperaba con calma. Sabía que él respondería. Su ánimo estaba mejor que nunca, dormía sin problemas, comía con apetito, en fin.

“Ah no te preocupes. Andaba un poco desocupada y me puse a meter los nombres del anuario en el FB para ver quien aparecía. ¿Qué es de tu vida? ¿Fuiste al reencuentro del colegio en marzo? ¿Dónde estas viviendo? Yo estudio comunicación en la Central y estoy haciendo pasantías en un periódico aquí. Vivo en Caracas. Chico, tengo un virus en la compu que no me deja cargar las fotos pero cuando lo resuelva te aviso”.

Pasaron semanas interactuando por FB, a veces chateaban o se dejaban mensajes en el muro. Él olvidó el asunto de las fotos y se conformó con las que Juliana tenía en su página. Ella en la Universidad, con Carmen, con algunas compañeras del liceo, claro que se ocupó de quitar todas las etiquetas que hicieran referencia a su verdadero colegio donde cursó el bachillerato en Caracas.

“Juliana iré a Caracas la semana que viene. Si estás desocupada sería chévere vernos. Yo me quedaré con unos amigos que viven allá. Mi mamá está toda friqueada porque no le gusta Caracas. Dice que es peligroso, que matan a plena luz del día. En fin ya sabes cómo son las mamás y más aún cuando se trata de hijos únicos. Creo que tendrás que darme tu número de teléfono para ubicarte cuando esté allá, si no te importa”.

Esto sí la sorprendió. No esperaba que viniera de nuevo a Caracas, no tan pronto y ella que lo deseaba con todo su corazón, no había encontrado manera de decirle que viniera. Cuando leyó el mensaje, literalmente saltó de la emoción.

“¡Qué fino! ¿Cuántos días estarás? Me gustaría llevarte al teleférico de aquí, como me dijiste que no habías ido… creo que te va a gustar. Ah, también podemos ir al Centro de Arte La Estancia, siempre hay cosas interesantes. Tengo idea de a qué te refieres cuando hablas de tu mamá. Yo no tengo, es decir, murió cuando yo era pequeña, pero tengo a mi papá que jode como por 3 mamás créeme jajajaja, pero lo adoro. Y no te creas, ella no está tan pelada porque aquí los malandros están que no comen cuentos. Avísame. Estaré pendiente”.

Capítulo 7

Azul

Cuando terminó de hablar con Román por teléfono le temblaban las manos. La medalla de bautizo que colgaba de su cuello y reposaba sobre su pecho se estremecía con cada latido de su corazón. No podía pensar, sólo sonreía y recordaba su voz.

Necesitó unos minutos para recuperarse. Apenas lo logró Juliana se peinó el cabello y se estiró la ropa con la palma de la mano, como cuando uno llega retrasado a una reunión importante y una vez frente a la puerta, respira y se recompone un poco el aspecto. Como si con eso el retraso se notase menos. Entonces llamó a Carmen.

-¡Chama nos vamos a ver, me llamó, ya está aquí!
-Bueno, me estaba muriendo de nervios, no quería hablar mucho porque sentía que iba a empezar a decir estupideces.
-¡Jajajaja! Fue lo máximo. Es tan dulce y la voz es bella y habla bonito, pronuncia bien las pa….
-Siiii claro. Él me va a llamar mañana para confirmar la hora.
-No chica qué hotel ni que hotel ¿estás loca? Vamos al Centro de Arte de Altamira, que hay una exposición de…
-Deja loca, yo no soy como tú. Después de todo lo que he esperado y lo que he pasado no me voy a desbocar ahora.
-Dale bruja, hablamos ahora cuando llegue a la casa, es que no me aguantaba para contarte.
-¡Si amiga demasiado, tiemblo de la emoción jajajaj, nos vemos!

No era diciembre y sin embargo El Ávila lucía festivo y sobre la montaña el cielo era tan azul, despejado y fresco como el que cubre a la ciudad los últimos días del año.

Capítulo 8

Gris
Se encontraron en la estación del Metro de Altamira. Él le había dicho que llevaría una gorra azul y una camisa del equipo de béisbol Cardenales de Lara para que ella lo reconociera bien. La medida era innecesaria: ella había aprendido de memoria su rostro. Todas las tardes al llegar a su casa se metía en FB para ver sus fotos. Le encantaba una donde salía con su mamá mejilla con mejilla sonrientes y con una playa de fondo. Se veía feliz y ella se sentía feliz sólo de ver la imagen. Román no se parecía tanto a su mamá, Juliana pensó que quizá se parecía más a su papá, pero él no le había contado muchas cosas sobre su papá. Pensó que quizá hoy sería un buen día para preguntarle, o quizá no. Todo dependería de cómo fluyeran las cosas.

Él llegó antes que ella. La estaba esperando con un ramo de margaritas en la mano, sentado junto a la fuente de la estación. Cuando la vio venir la reconoció de inmediato. Es que él también se metía en el FB por las noches antes de apagar la PC sólo para contemplarla a ella. Se puso de pie y avanzó unos pasos pero se detuvo para verla aproximarse. Su cabello negro rizado se movía rítmicamente con cada paso que Juliana daba hacia él. Vestía una falda hindú hasta el piso, apenas se le veían las puntas de los pies calzados en un par de sandalias marrones. Una camisa blanca de algodón. “Esta si es hippie de verdad” pensó con simpatía y esbozó una sonrisa.

-Hola Román –dijo ella extendiendo la mano derecha que afortunadamente él no tomó porque le sudaba de manera incontrolable.
-Perdón ¿quién eres tú? –dijo muerto de risa y la abrazó con la fraternidad de unos verdaderos ex compañeros de escuela.

Juliana lo abrazó de vuelta y sintió que la vida podía terminarse en ese instante, que nada más importaba: la universidad, la pasantía, su papá, Carmen, todo desapareció. Todo perdió importancia por los diez segundos que duró el abrazo.

-Toma, son para ti. Como me dijiste que las margaritas eran tus favoritas, pues aquí las tienes –y le extendió el manojo bellamente acomodado.
-Gracias… soy muy torpe cuando estoy nerviosa, je je je,  discúlpame si digo alguna tontería.

Comenzaron a caminar hacia La Estancia. Eran las 3 de la tarde y el tráfico era fuerte. Cornetas, gente cruzando la avenida, autobuses, calor, pero ellos se perdieron de eso, no lo vieron, no lo escucharon, no lo sintieron. Pero sí vieron que una densa nubosidad cubrió la montaña hasta el punto de hacerla desaparecer.

-¿Qué pasó con El Ávila chica? El clima de esta ciudad si es loco de verdad. Un día viene uno para acá y está despejado el cielo, con una pepa de sol que quema. Al mes siguiente vienes y no para de llover en todo el santo día. Al otro mes vienes y está lloviendo en la montaña y aquí abajo el calorón y hoy ni siquiera se ve el cerro. El que viene por primera vez para acá no creería que justo ahí –dijo Román apuntando con el dedo hacia donde debería verse el pico Naiquatá- está una montaña altísima que parece una mujer recostada boca arriba.

Ella sólo escuchaba su voz y recordaba el primer día que lo vio, recordaba cómo se empeñó en saber de él, en contactarlo y ahora lo tenía frente así. Su pelo rizado negro, su piel blanca, su linda voz. Era un sueño, pero no era un sueño.

Recorrieron la exposición y se sentaron a conversar en el jardín de La Estancia. Hablaron de la universidad, hablaron de sus amigos, de sus ex parejas, hablaron de su infancia, de sus padres.

-¿Qué pasó con tu papá Román?
-No lo sé con exactitud. Mi mamá no habla de él casi nunca. Mi abuela decía que él era un cobarde y que se fue. Mi tía dice que no lo conoció, pero yo sé que sí. Sé su nombre y sé que cuando se fue se llevó algo que para mi mamá tenía mucho valor. Por eso no le pregunto mucho, o mejor dicho, no le pregunto nada porque ella llora. Yo sé que no llora con rabia ni llora porque él se haya ido, llora por lo que él se llevó pero no sé que es. ¿Y tu mamá?

-Ella murió en un accidente con mi hermano.
-Lo lamento mucho. ¿Era menor que tú?
-Yo pensaba que él era un hijo de mi mamá de un matrimonio anterior pero el otro día encontré un papel que me hizo pensar otra cosa… quizás éramos hermanos gemelos. Yo no lo recuerdo porque era una bebecita cuando pasó el accidente. Mi papá tampoco se ha sentado a echarme el cuento completo. Para él es doloroso y no me gusta verlo triste.

En ese momento comenzó a llover con sol. “El diablo y la diabla están peleando” habría dicho La Turca sin dudarlo.

-Va pues, este clima loco, ja ja ja –dijo Román mientras le tomaba la mano a Juliana para correr hasta la casa ubicada en un lado del jardín y protegerse de la lluvia. Ella bajó la mirada y vio un lunar en el dedo índice de la mano izquierda de Román y se detuvo en seco: “Mira, le dijo y alzó su mano izquierda hasta la altura de su cara”. Era el mismo lunar en la misma mano.


Aunque ellos no lo notaron, en realidad eran los mismos ojos negros, el mismo color de piel blanca, el mismo cabello rizado. Aunque ellos no lo sabían, era la misma madre, el mismo padre, el mismo pasado.

Capítulo 9



¿Cuál debe ser el color, el desenlace de esta historia? 

El concurso para escribir el final de El Arco Iris de Juliana cerró. Estamos evaluando los textos de los participantes y pronto publicaremos el texto ganador.

¡Gracias a todos por leerme y por participar!
Maru

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Escribe tú el final y envíamelo a jualianacolores@gmail.com. Los textos serán evaluados por el facilitador del Taller de Escritura Creativa de la Fundación Uslar, Joaquín Pereira y los nóveles cuentistas  Carlos García y Karla Pravia. El mejor será premiado publicándolo en el Blog como final de la historia y ganará una cena con la autora del cuento en el restaurant La Romanísima, ubicado en el Centro San Ignacio en Caracas.
Anímate y participa. Los requisitos son que respetes los nombres de los personajes y que la extensión no sea superior a 4 páginas tamaño carta a doble espacio en fuente Times New Roman punto 14.
La fecha de cierre para la recepción de finales es el 5 de diciembre de 2010 a la 1:00pm.
¡Gracias por acompañarme en la aventura de aprender a contar!