martes, 12 de octubre de 2010

Capítulo 5

Púrpura



Román salió por la esquina de Pedrera, entró al centro comercial Metrocenter, subió dos niveles y se metió a una librería. Juliana esperó un par de minutos afuera y también entró a la tienda, se coló por los pasillos pero se mantuvo a distancia. Luego de hojear varios libros en el área de computación, el chico tomó tres y fue hacia la caja registradora donde aguardaba una vendedora con pocas habilidades para socializar.

-¿Nombre?
-Román Montes.
-¿Cédula?
-18.000.002.
-¿Zona donde vive?
-Bueno vivo en Barquisimeto, pero ¿necesita una dirección de aquí de de Caracas?
-Barquisimeto esta bien.
-¿Teléfono?
-0423 556 1765… ¿no quiere mi PIN también? -dijo Román en un vano intento de sacarle aunque fuera una medio sonrisa a la mujer.
-Son 130 bolívares…Gracias, tome su factura.

Si Juliana se hubiera puesto de acuerdo con la antipática cajera, las cosas no le habrían salido mejor.
 Había tomado nota de todo. Estaba a escasos metros de la caja, cerca del estante de libros de astrofísica.

Cuando Román terminó de pagar y se volteó, Juliana agarró el primero de los libros que tuvo a mano y lo abrió nerviosamente en cualquier página y fingió leer. Él enfiló hacia la puerta y al pasar junto a ella se paró, sujetó el libro y se lo quitó de las manos con suavidad:

-La astrofísica nuclear es materia complicada, pero debe serlo aún más si se lee al revés –le dijo en un tono divertido, giró el libro en la posición correcta, lo deslizó entre las manos que ella había dejado en la misma posición como si aún lo sostuviera y salió.

Ella se quedó paralizada unos segundos, con el corazón en la boca. Le sudaban las manos. Volvió a poner el libro en su lugar. Dio una vuelta por la tienda como para disimular, y unos cinco minutos después salió a buscar un cybercafé.

La mañana, que había amanecido despejada, comenzó a nublarse desde el Este hacia el Centro y una nube púrpura amenazaba con empapar a La Silla de Caracas, una de las zonas más altas de la montaña que decora la capital venezolana.

Juliana había anotado en su teléfono inteligente toda la información que Román le dio a la cajera al momento de pagar. Ahora sentada frente a la computadora del cybercafé tuvo la certeza de que su búsqueda había terminado. “Tiene que ser él”, se dijo mentalmente.

Comenzó a googlear el nombre, la cédula de identidad y el número de teléfono. Cruzó los datos con información de institutos y universidades en Barquisimeto. Lo encontró en Facebook, lo buscó inútilmente en Twitter y en Badoo. Ingresó su número de cédula en la página del Consejo Nacional Electoral para saber dónde votaba. En el sitio oficial del Tribunal Supremo de Justicia y de los tribunales de Lara no encontró nada. Cada referencia que encontraba le pintaba una sonrisa de victoria.

En tres horas sabía dónde y qué estudiaba Román, dónde votaba lo cual le daba una idea muy aproximada de dónde vivía, cuando era su cumpleaños. No sabía qué hacía en Caracas ni dónde se estaba quedando, pero era cuestión de días y aplomo.

Lo primero que hizo fue agregarlo en el Facebook: “Hola Román soy Juliana. Quizá no me recuerdes pero fuimos juntos al Liceo Gual y España en Barquisimeto. Estábamos en secciones diferentes. Yo me acuerdo de tí porque tenemos el mismo apellido jejeje. Acepta mi solicitud para mandarte unas fotos de esa época”. El dato del liceo era demasiado convincente; ella estaba contenta de su arrojo.

La temporada de lluvias, que en otro momento volvía melancólica a Juliana, estaba por comenzar esa misma tarde y ella ni siquiera lo había notado. Fueron días extraños para quienes la conocían bien. Su padre y Carmen, cada uno por su lado se preguntaban qué pasaba: mientras llovía afuera, el sol brillaba dentro de Juliana. Pasaba los días feliz, tarareando canciones como en otro mundo. La incompletud había desaparecido.

Capítulo 6

Rosa



“Hola Juliana. De verdad que no te recuerdo, discúlpame. Envíame las fotos para recordar viejos tiempos. Román”.

Habían pasado dos semanas desde que le envió el mensaje por Facebook y sin embargo cuando encontró la respuesta no se sobresaltó, al contrario, lo esperaba con calma. Sabía que él respondería. Su ánimo estaba mejor que nunca, dormía sin problemas, comía con apetito, en fin.

“Ah no te preocupes. Andaba un poco desocupada y me puse a meter los nombres del anuario en el FB para ver quien aparecía. ¿Qué es de tu vida? ¿Fuiste al reencuentro del colegio en marzo? ¿Dónde estas viviendo? Yo estudio comunicación en la Central y estoy haciendo pasantías en un periódico aquí. Vivo en Caracas. Chico, tengo un virus en la compu que no me deja cargar las fotos pero cuando lo resuelva te aviso”.

Pasaron semanas interactuando por FB, a veces chateaban o se dejaban mensajes en el muro. Él olvidó el asunto de las fotos y se conformó con las que Juliana tenía en su página. Ella en la Universidad, con Carmen, con algunas compañeras del liceo, claro que se ocupó de quitar todas las etiquetas que hicieran referencia a su verdadero colegio donde cursó el bachillerato en Caracas.

“Juliana iré a Caracas la semana que viene. Si estás desocupada sería chévere vernos. Yo me quedaré con unos amigos que viven allá. Mi mamá está toda friqueada porque no le gusta Caracas. Dice que es peligroso, que matan a plena luz del día. En fin ya sabes cómo son las mamás y más aún cuando se trata de hijos únicos. Creo que tendrás que darme tu número de teléfono para ubicarte cuando esté allá, si no te importa”.

Esto sí la sorprendió. No esperaba que viniera de nuevo a Caracas, no tan pronto y ella que lo deseaba con todo su corazón, no había encontrado manera de decirle que viniera. Cuando leyó el mensaje, literalmente saltó de la emoción.

“¡Qué fino! ¿Cuántos días estarás? Me gustaría llevarte al teleférico de aquí, como me dijiste que no habías ido… creo que te va a gustar. Ah, también podemos ir al Centro de Arte La Estancia, siempre hay cosas interesantes. Tengo idea de a qué te refieres cuando hablas de tu mamá. Yo no tengo, es decir, murió cuando yo era pequeña, pero tengo a mi papá que jode como por 3 mamás créeme jajajaja, pero lo adoro. Y no te creas, ella no está tan pelada porque aquí los malandros están que no comen cuentos. Avísame. Estaré pendiente”.

Capítulo 7

Azul

Cuando terminó de hablar con Román por teléfono le temblaban las manos. La medalla de bautizo que colgaba de su cuello y reposaba sobre su pecho se estremecía con cada latido de su corazón. No podía pensar, sólo sonreía y recordaba su voz.

Necesitó unos minutos para recuperarse. Apenas lo logró Juliana se peinó el cabello y se estiró la ropa con la palma de la mano, como cuando uno llega retrasado a una reunión importante y una vez frente a la puerta, respira y se recompone un poco el aspecto. Como si con eso el retraso se notase menos. Entonces llamó a Carmen.

-¡Chama nos vamos a ver, me llamó, ya está aquí!
-Bueno, me estaba muriendo de nervios, no quería hablar mucho porque sentía que iba a empezar a decir estupideces.
-¡Jajajaja! Fue lo máximo. Es tan dulce y la voz es bella y habla bonito, pronuncia bien las pa….
-Siiii claro. Él me va a llamar mañana para confirmar la hora.
-No chica qué hotel ni que hotel ¿estás loca? Vamos al Centro de Arte de Altamira, que hay una exposición de…
-Deja loca, yo no soy como tú. Después de todo lo que he esperado y lo que he pasado no me voy a desbocar ahora.
-Dale bruja, hablamos ahora cuando llegue a la casa, es que no me aguantaba para contarte.
-¡Si amiga demasiado, tiemblo de la emoción jajajaj, nos vemos!

No era diciembre y sin embargo El Ávila lucía festivo y sobre la montaña el cielo era tan azul, despejado y fresco como el que cubre a la ciudad los últimos días del año.

Capítulo 8

Gris
Se encontraron en la estación del Metro de Altamira. Él le había dicho que llevaría una gorra azul y una camisa del equipo de béisbol Cardenales de Lara para que ella lo reconociera bien. La medida era innecesaria: ella había aprendido de memoria su rostro. Todas las tardes al llegar a su casa se metía en FB para ver sus fotos. Le encantaba una donde salía con su mamá mejilla con mejilla sonrientes y con una playa de fondo. Se veía feliz y ella se sentía feliz sólo de ver la imagen. Román no se parecía tanto a su mamá, Juliana pensó que quizá se parecía más a su papá, pero él no le había contado muchas cosas sobre su papá. Pensó que quizá hoy sería un buen día para preguntarle, o quizá no. Todo dependería de cómo fluyeran las cosas.

Él llegó antes que ella. La estaba esperando con un ramo de margaritas en la mano, sentado junto a la fuente de la estación. Cuando la vio venir la reconoció de inmediato. Es que él también se metía en el FB por las noches antes de apagar la PC sólo para contemplarla a ella. Se puso de pie y avanzó unos pasos pero se detuvo para verla aproximarse. Su cabello negro rizado se movía rítmicamente con cada paso que Juliana daba hacia él. Vestía una falda hindú hasta el piso, apenas se le veían las puntas de los pies calzados en un par de sandalias marrones. Una camisa blanca de algodón. “Esta si es hippie de verdad” pensó con simpatía y esbozó una sonrisa.

-Hola Román –dijo ella extendiendo la mano derecha que afortunadamente él no tomó porque le sudaba de manera incontrolable.
-Perdón ¿quién eres tú? –dijo muerto de risa y la abrazó con la fraternidad de unos verdaderos ex compañeros de escuela.

Juliana lo abrazó de vuelta y sintió que la vida podía terminarse en ese instante, que nada más importaba: la universidad, la pasantía, su papá, Carmen, todo desapareció. Todo perdió importancia por los diez segundos que duró el abrazo.

-Toma, son para ti. Como me dijiste que las margaritas eran tus favoritas, pues aquí las tienes –y le extendió el manojo bellamente acomodado.
-Gracias… soy muy torpe cuando estoy nerviosa, je je je,  discúlpame si digo alguna tontería.

Comenzaron a caminar hacia La Estancia. Eran las 3 de la tarde y el tráfico era fuerte. Cornetas, gente cruzando la avenida, autobuses, calor, pero ellos se perdieron de eso, no lo vieron, no lo escucharon, no lo sintieron. Pero sí vieron que una densa nubosidad cubrió la montaña hasta el punto de hacerla desaparecer.

-¿Qué pasó con El Ávila chica? El clima de esta ciudad si es loco de verdad. Un día viene uno para acá y está despejado el cielo, con una pepa de sol que quema. Al mes siguiente vienes y no para de llover en todo el santo día. Al otro mes vienes y está lloviendo en la montaña y aquí abajo el calorón y hoy ni siquiera se ve el cerro. El que viene por primera vez para acá no creería que justo ahí –dijo Román apuntando con el dedo hacia donde debería verse el pico Naiquatá- está una montaña altísima que parece una mujer recostada boca arriba.

Ella sólo escuchaba su voz y recordaba el primer día que lo vio, recordaba cómo se empeñó en saber de él, en contactarlo y ahora lo tenía frente así. Su pelo rizado negro, su piel blanca, su linda voz. Era un sueño, pero no era un sueño.

Recorrieron la exposición y se sentaron a conversar en el jardín de La Estancia. Hablaron de la universidad, hablaron de sus amigos, de sus ex parejas, hablaron de su infancia, de sus padres.

-¿Qué pasó con tu papá Román?
-No lo sé con exactitud. Mi mamá no habla de él casi nunca. Mi abuela decía que él era un cobarde y que se fue. Mi tía dice que no lo conoció, pero yo sé que sí. Sé su nombre y sé que cuando se fue se llevó algo que para mi mamá tenía mucho valor. Por eso no le pregunto mucho, o mejor dicho, no le pregunto nada porque ella llora. Yo sé que no llora con rabia ni llora porque él se haya ido, llora por lo que él se llevó pero no sé que es. ¿Y tu mamá?

-Ella murió en un accidente con mi hermano.
-Lo lamento mucho. ¿Era menor que tú?
-Yo pensaba que él era un hijo de mi mamá de un matrimonio anterior pero el otro día encontré un papel que me hizo pensar otra cosa… quizás éramos hermanos gemelos. Yo no lo recuerdo porque era una bebecita cuando pasó el accidente. Mi papá tampoco se ha sentado a echarme el cuento completo. Para él es doloroso y no me gusta verlo triste.

En ese momento comenzó a llover con sol. “El diablo y la diabla están peleando” habría dicho La Turca sin dudarlo.

-Va pues, este clima loco, ja ja ja –dijo Román mientras le tomaba la mano a Juliana para correr hasta la casa ubicada en un lado del jardín y protegerse de la lluvia. Ella bajó la mirada y vio un lunar en el dedo índice de la mano izquierda de Román y se detuvo en seco: “Mira, le dijo y alzó su mano izquierda hasta la altura de su cara”. Era el mismo lunar en la misma mano.


Aunque ellos no lo notaron, en realidad eran los mismos ojos negros, el mismo color de piel blanca, el mismo cabello rizado. Aunque ellos no lo sabían, era la misma madre, el mismo padre, el mismo pasado.

Capítulo 9



¿Cuál debe ser el color, el desenlace de esta historia? 

El concurso para escribir el final de El Arco Iris de Juliana cerró. Estamos evaluando los textos de los participantes y pronto publicaremos el texto ganador.

¡Gracias a todos por leerme y por participar!
Maru

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Escribe tú el final y envíamelo a jualianacolores@gmail.com. Los textos serán evaluados por el facilitador del Taller de Escritura Creativa de la Fundación Uslar, Joaquín Pereira y los nóveles cuentistas  Carlos García y Karla Pravia. El mejor será premiado publicándolo en el Blog como final de la historia y ganará una cena con la autora del cuento en el restaurant La Romanísima, ubicado en el Centro San Ignacio en Caracas.
Anímate y participa. Los requisitos son que respetes los nombres de los personajes y que la extensión no sea superior a 4 páginas tamaño carta a doble espacio en fuente Times New Roman punto 14.
La fecha de cierre para la recepción de finales es el 5 de diciembre de 2010 a la 1:00pm.
¡Gracias por acompañarme en la aventura de aprender a contar!